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Crónica de la Convivencia Alpina XXXVI José María Morelos y Pavón

Por Giordano J. Cervera Leonetti

Me encuentro en el gimnasio del Club España. Llevo una hora trotando sobre la banda y mi playera no podría estar más mojada. Me doy cuenta de que nunca he corrido tan rápido ni por tanto tiempo. Estoy exhausto pero sé que vale la pena. Pasa Manuel frente a mi caminadora, lo saludo entre jadeos, me imagino que él también vino a entrenarse. Más me vale ir bien preparado, sobrado de cardio y optimismo, de prudencia. Se acerca la fecha y cada día tengo más presentes en la mente las palabras del doctor Abel: Si te ocurre de nuevo, dejas para siempre la montaña.

Es mediodía y Ciudad Serdán nos recibe con todo su brillo y energía. Bajo del camión después de tres horas de paisaje poblano y varios intentos fallidos de dormir un rato. Lo primero que hago es buscar una silueta cónica por encima de los tejados, una pirámide de hielo y roca que sobresalga: la cara sur de la montaña a la que vamos a enfrentarnos. No encuentro nada. Sólo nubes. Rostros felices. La banda de la secundaria local ocupando la mitad de la plaza detrás de la iglesia, y la mesa donde se sentarán Chema, el presidente municipal, la reina de Ciudad Serdán, Hilario y otras personas importantes.

Hoy los alpinistas somos el centro de la atención en Serdán, los magnetos de todas las miradas. Comienzan las ceremonias y la plaza se convierte en una ensalada de colores y sonidos, un himno nacional, algunas semblanzas, varios discursos, bailes y toda la expectativa. Yo no dejo de pensar en la altitud, en los cuatro mil metros a los que yace –entre el Citlaltépetl y el Sierra Negra– el Valle del Encuentro, donde habremos de pasar la noche. Sigo pensando en la sentencia del doctor Abel y la inyección de dexametasona que llevo en el bolsillo.

Me sereno. Respiro hondo, aprovechando que todavía hay oxígeno. Luis, Manuel, Gabriel y yo nos tomamos una foto frente a una lona que dice “Convivencia Alpina XXXVI José María Morelos y Pavón”, sosteniendo con orgullo el banderín de nuestro club, sonriendo frente a la cámara.

“¡Ya, listo, a subirse a los camionetas!” Bajamos todo el equipo del autobús y lo arrojamos a nuestro camión de redilas. Vamos a tener que ir de pie, por supuesto. Sabia decisión la de acomodar todos los bultos al centro, y así poder asomarnos por el borde, observar el paisaje que vamos dejando, no atrás, sino abajo. Ciudad Serdán disminuye su tamaño en la distancia, quedan atrás los micrófonos y las trompetas, los vestidos de colores y el pavimento. Sólo el ruido de un motor viejo prevalece, y mi respiración honda y exagerada conforme vamos ganando altura. Giro el cuello como enloquecido tratando de enfocar las laderas nevadas, el glaciar, las rocas y los desfiladeros del Citlaltépetl. Pero solamente el Sierra Negra, con su telescopio kilométrico (porque de milimétrico no tiene nada; ¡es enorme!), se deja ver entre nubes, pinos y barrancos. Su hermano mayor todavía se esconde detrás de la neblina.

Son las cuatro de la tarde y me encuentro en un sitio familiar: el Valle del Encuentro. Insisto en lo importante que es montar de una vez las tiendas de campaña, antes de que la competencia (literalmente cientos de montañistas) apañe los sitios planos que aún quedan entre los árboles. Desenrollamos las North Face y nos ponemos manos a la obra mientras un atardecer asombroso comienza a gestarse en el horizonte.

Luis y yo salimos a “una caminata de aclimatación”, o más precisamente, al encuentro de uno de los paisajes más maravillosos que he visto jamás. El Citlaltépetl –que hasta esos instantes ha sido celoso de mostrarse ante los mortales– se desnuda completamente y no sólo eso:

Reluce pintado de dorado.

Luego de rojo.

Después púrpura.

Finalmente gris.

Tomo todas las fotos que puedo del coloso y pronto cae la noche. Eso que creo que es un reflector o algo por el estilo, en realidad es la luna, una luna casi llena que nos permitirá ahorrar la batería de las lámparas mientras caminamos, a la una de la mañana, bajo el cielo agujereado de estrellas plateadas; una luna que me hace fantasear que soy un astronauta en Marte, y que consigue que me olvide del veredicto del doctor Abel mientras asciendo por las curvas del camino que me llevará al refugio, donde hace más o menos seis meses pasé la peor noche de mi vida.

El resto de las ceremonias, la rifa de equipo, la cena de arroz con frijol que comparto con Luis, Gabriel y Manuel; todo transcurre lento mientras avanza la noche. Nos dormimos a las nueve. Una siesta de dos horas y media para Luis y yo, que subiremos el Pico. Manuel y Gabriel ascenderán al Sierra Negra, ellos se levantan a las 6.

Armo la mochila de ataque, tomo decisiones, qué dejo, qué subo, cuánta agua, tres litros es demasiado, mejor dos y medio, buenas noches, Luis, hasta mañana, bueno, no, más bien hasta al rato, porque esto es apenas una siesta. (No estoy seguro de haber dormido algo. Mi sangre era más adrenalina que sangre).

De pronto estamos solos en medio de un desierto bañado de luz de luna, vigilado por las estrellas. El Pico nos observa, minúsculos, mientras marchamos estoicos por sus laderas. Es como meditar, ¿sabes?, es como estar bajo el efecto de una droga que se llama montaña.

La gente que encontramos en el camino son espectros enmascarados que dejamos atrás con un “buenos días” y un “mucha suerte”. El volcán es un dios que nos está llamando, un centinela de piedra. Alcanzo a ver un par de estrellas fugaces.

Dos horas y media, casi tres, se necesitan para que Luis y yo nos registremos con nuestros números (168 él, yo 169) en el puesto de revisión que ha sido colocado en el refugio a 4700 metros. Sí, el mismo refugio rojo donde me ocurrió lo que me ocurrió. Es una visión extraña. Quiero irme.

Y los arenales no se acaban. Rocas, arena, sueño, me quedo dormido, con sólo cerrar los ojos un instante me desvanezco, comienzo a soñar, y cuando me reincorporo es como volver a sumergirme en otro sueño, un sueño en el que estoy subiendo el Pico.

El amanecer es la continuación de este viaje onírico. Hay una pincelada roja en mitad del panorama; lo demás son algo así como óleos, brochazos de oscuridad a través de los cuales la luz escarlata se cuela, llorando sangre sobre la Sierra Madre Oriental. Los pueblos son salpicaduras de brillantina sobre el lienzo negro. Las estrellas desaparecen en el firmamento.

Estamos muy lejos del Púlpito todavía. Alcanzo a ver ese monolito inmenso sobre nosotros, después del hielo glacial, por debajo de un cielo cada vez más azul. La luz del día nos espabila. Nos da ánimos. El gel concentrado de glucosa de Luis también ayuda, debo admitirlo.

Paso a paso encontramos la nieve cristalizada, por encima de los 5000 metros, y decidimos colocarnos de una vez los crampones, junto con decenas de otros ascensionistas que se han atorado en el mismo punto realizando la tediosa faena: las manos dolorosas por el frío, tratando de anudar cordeles y evitar las púas mientras uno lucha por mantener el equilibrio. Y la pendiente que no podría ser más inclinada...

Me calma y me anima pensar que hasta ahora todo va bien, que no he tenido síntomas, que todo ese cardio está valiendo la pena.

Y lo demás son pasos en la nieve, abrazos a quienes ya van de bajada, fotos, decenas de fotos, y una vista que no me canso de contemplar. Sospecho que lo vamos a lograr, y me siento feliz.

Pasamos el Púlpito y es casi un hecho.

Veinte minutos más y creo que lo veo, nuevamente, por fin; el anfiteatro donde deben reunirse los dioses de Mesoamérica, la caldera por donde el planeta escupió alguna vez sus más profundos alientos: el cráter del Citlaltépetl, la cumbre del Altiplano.

(Lo lamento, me siento inútil al tratar de describirlo).

Inhalo hondo y mis pulmones no me fallan. Luis saca de su mochila el banderín y nos tomamos las fotos tan ansiadas. Al observar el Popo y el Izta a 300 kilómetros, la Malinche, los Axalapascos, el Cofre de Perote, Ciudad Serdán, la Sierra Madre y unas nubes bajo las cuales reposa el Puerto de Veracruz, siento que crece la esperanza de muchas cumbres, intuyo todo lo que el futuro promete y no puedo evitar sonreír. Debajo de nosotros se extiende un país de posibilidades y ahora sólo nos queda descender para aprovecharlas.


CRÓNICA XXXV CONVIVENCIA ALPINA
Por Giordano J. Cervera L.

Fueron necesarios dos camiones para transportar a los más de cien alpinistas que formarían parte de la Convivencia Alpina José María Morelos y el ascenso al Pico. Nos encontramos muy temprano en la mañana frente a la tienda de Deportes Aguayo y las instalaciones del Club Alpino en la Colonia Roma, con todo lo necesario para los dos días que nos esperaban. Cargábamos piolets, bastones, casas de campaña enrolladas, bolsas de dormir, crampones, capas y más capas dry-fit, capas térmicas, ropa impermeable, la comida para la cena y el desayuno, la así llamada comida de marcha, el casco, el arnés y todos los demás utensilios indispensables. A quienes conocíamos los saludamos primero. Después hubo una generosa repartición de abrazos y estrechones de mano entusiastas con las incontables caras nuevas a las que estábamos vinculados sólo a través de la montaña. Me despedí de mi mamá después de haber subido todas las cosas al camión y le prometí que volvería sano y salvo, porque como dicen, la cima se alcanza en la montaña, pero la verdadera cumbre nos espera en casa.
Arrancó un camión y luego el otro, y el paisaje urbano se fue haciendo borroso, deformándose en una combinación de tonos grises, de ruidos estridentes y destellos molestos que por fortuna dejábamos atrás. Recorrimos el laberinto de ejes viales, de calles primarias y secundarias, hasta alcanzar los límites de la ciudad que parecía infinita. Nos mantuvimos siempre en silencio, concentrados, como si poco a poco nos sumergiéramos en una meditación cada vez más profunda, que buscaba culminar en la nieve y la roca de aquella montaña a la que nos dirigíamos. El chofer ofreció poner una película. “¡No! ¿Cómo cree?,” respondimos nosotros. Después quiso poner música, y creo que finalmente sí lo hizo, pero a tan bajo volumen que no podría estar seguro.
El Popo, el Izta, la Malinche y finalmente el Pico. Es interesante ver cómo se transforman junto con el resto del paisaje cuando uno atraviesa el altiplano en dirección a Veracruz. Primero son siluetas distantes, que llegan a confundir la mirada mientras se asoman entre las nubes grises. Pero de pronto intimidan con su imponencia cuando se desnudan por completo frente a los ojos de quien recorre las carreteras.
Llegamos a Ciudad Serdán a las doce y media del día y de inmediato bajamos todos del vehículo con ansias de pisar una tierra nueva. Ya se oían los tambores, el trombón, una voz femenina amplificada con un micrófono, múltiples conversaciones... Después de un par de cuadras nos topamos con la fuente de todos aquellos sonidos: la plaza central frente a la iglesia, con la banda de la secundaria local y todas las personas importantes que se preparaban para recibir a los alpinistas que asistían a la Convivencia. En un podio estaba el presidente municipal de Chalchicomula de Sesma acompañado por  muchas otras personalidades cuyos nombres y funciones no recuerdo del todo. Pronto llegaría el Señor José María Aguayo, presidente del Club Alpino Mexicano, para acompañarlo y dedicar unas palabras a la multitud allí reunida.
Las bastoneras bien sincronizadas hicieron su número en el centro de la plaza al ritmo de las marchas y la demás música que tocaba la banda de alumnos. Hubo varios discursos alusivos al alpinismo, a lo que este deporte puede representar, a sus riesgos y por otra parte sus recompensas. Después vinieron los bailes típicos, los concheros y la ceremonia dedicada a la Candelaria. También cantamos el Himno Nacional.
Pero igualmente importante era todo lo que ocurría dentro de nosotros, quienes contábamos los minutos para la prueba que nos esperaba. ¿Ese ritmo constante y poderoso era el tambor que resonaba a pocos metros de nosotros, o se trataba de nuestro corazón acelerado latiendo a la expectativa? Cuando volteábamos a ver alrededor, hacia los tejados de las casas, ¿nos fijábamos en la arquitectura pintoresca de la ciudad, o en verdad buscábamos enfocar, en algún claro entre las nubes, a la montaña cuyos hielos perpetuos nos esperaban para ponernos a prueba?
Acabaron las ceremonias y se escuchó el rugido de los viejos motores de los camiones de redilas que nos transportarían, a través de carreteras y terracería, hasta el Valle del Encuentro. Nos faltaba hora y media de trayecto, rebotando y respirando polvo, pero nunca perdimos el optimismo porque todo era parte de la aventura. Durante gran parte del trayecto la neblina no nos dejó ver a más de veinte metros de distancia, y de vez en cuando una gota de agua nos caía en la cara para despabilarnos.

Fue un momento extraordinario cuando de la manera más inesperada, al salir de una curva muy pronunciada que atravesaba un tramo de bosque, se mostró intimidante y en todo su esplendor el volcán más alto de este país por primera vez desde que se ocultara, muchas horas atrás, en la carretera de Puebla. Las rocas escarpadas, las laderas que no podrían ser más inclinadas, las colinas ascendentes, la capa de nieve purísima que reflejaba al sol como un espejo…
¡La cámara! ¡La cámara! ¿Dónde la había metido? En la mochila, claro, en la bolsita de enfrente. ¡No! ¡Está aplastada por todas las demás mochilas! ¿Hago el intento? ¿La saco, no la saco? ¿Tendré otra oportunidad? Mientras tanto el camión brincando como toro de rodeo, las nubes poco a poco amenazando con cerrarse como el telón en un teatro y todos los compañeros sacando las mejores fotos: con zoom, sin zoom, fotos a sí mismos, con la cámara horizontal, vertical, inclinada…
Finalmente, tras escarbar desesperado entre el equipaje extraje mi pequeña Canon y capturé una y otra vez la silueta cónica cubierta de nieve que se recortaba en el firmamento, y cada foto me relajaba más que la anterior, porque sabía lo mucho que iba a disfrutar verlas las veces que quisiera cuando regresara a mi casa.

En el Valle del Encuentro ya nos estaban esperando. Ya había muchas casas de campaña montadas, sillas portátiles, mesas, caras familiares y completos desconocidos. El Sierra Negra era constantemente golpeado por nubes inmensas que se restregaban contra su superficie chocolatosa; de pronto se dejaba ver el famoso telescopio de la NASA y, para mi sorpresa, una grúa en las alturas cuya misión era ampliar aún más esta estructura monumental.
No recuerdo exactamente cómo ocurrieron las cosas hasta el momento en que nos resguardamos para dormir. Cenamos, de eso estoy seguro, compartiendo lo que llevábamos con los compañeros y viceversa. También hubo una rifa de equipo donado por ciertos alpinistas generosos que vino acompañada de más ceremonias: volvimos a cantar el Himno Nacional (esta vez a capela) y el himno del Club Alpino, que yo por primera vez escuchaba (muy bonito, por cierto, con palabras muy significativas). Se hizo de noche mientras hacíamos todo esto, y debo decir que el cielo estrellado sin duda superaba mis expectativas.
Entre los nervios y lo temprano que era, creo que me tomó una hora conciliar el sueño, y en total dormí menos de tres porque comenzamos el ascenso a las doce y media de la noche: entonces fue que de verdad empezó la cosa, todo lo anterior había sido un bonito pero aletargado preludio.

Con varios kilos de equipo encima, empezamos a trotar (más que caminar), a través de un camino de terracería con una pendiente no tan pronunciada. La penumbra de la noche la rompían sólo nuestras lámparas pegadas al casco, al igual que el silencio era sacudido por el choque abrupto de los bastones y las botas. En la distancia, la silueta del Pico podía adivinarse donde las estrellas por alguna razón no brillaban. El refugio, nuestra primera y más inmediata meta, se distinguía como un puntito resplandeciente enclavado en las rocas lejanas. Nos tomaría varias horas llegar a él.
Se terminó la terracería y comenzaron las escarpadas laderas del volcán, una mezcla de arena y rocas afiladas. Con cuidado íbamos encontrando el camino en este terreno oscuro e impredecible. Poco a poco el aire delgado comenzaba a hacer de las suyas, porque sin estar del todo aclimatados, habíamos comenzado a subir con un ritmo muy intenso, ganando mucha altitud en poco tiempo.
En el momento más helado de la noche llegamos al refugio. Todos los cincuenta y tantos ascensionistas nos peleábamos por entrar a la burbujita de calor a través de una puerta muy estrecha. Estuvimos ahí sólo unos cuantos minutos, temblando por la repentina falta de movimiento.
Como era de esperarse, con cada paso que dábamos el terreno iba inclinándose hacia las alturas, frenando nuestro paso y exigiendo a nuestros cuerpos cada vez más conforme el aire se adelgazaba en las alturas. El piolet y los crampones esperaban pacientes en la mochila.
Realizamos la aproximación hacia la cumbre a través de un brazo de roca que nos ahorró la difícil superficie de la nieve por largo rato. Cuando vi mis fotos tiempo después pude identificar exactamente la ruta que tomamos para subir, a través de la larguísima escalera de piedra, y la que usamos para el descenso, una interminable resbaladilla de nieve. De esta manera, muy repentinamente, llegó el amanecer rojizo y lejano para iluminar nuestro camino y, como efecto secundario, acelerar el paso hacia la cima. Fue entonces que me di cuenta de lo alto que ya nos encontrábamos: la curvatura de la tierra era notoria y el horizonte se deformaba espectacularmente mientras los tonos rojizos del amanecer teñían la alfombra de nubes que se extendía muy por debajo; el Sierra Negra (a pesar de sus 4621 msnm) ya se veía como un chipote no demasiado grande bajo nosotros. Debíamos haber superado ya los 5000 metros, estoy seguro.
Cada vez podía dar menos pasos sin detenerme a jalar muchas bocanadas de aire para estabilizarme. Traté de mantener un ritmo constante aunque avanzara con lentitud, pero me fue imposible: el cuerpo, no tan acostumbrado a la altitud, me pedía agua y aire a cambio de lo que yo le exigía. Quienes iban adelantados (es decir, con algunas horas de ventaja) se divisaban como puntitos multicolor en la distancia, por un lado mostrándonos a los de abajo que sí se podía, pero por otro, logrando que me preguntara si sería capaz de llegar a aquella altura al igual que ellos. Es interesante el fenómeno mental que ocurre en la montaña: si nunca la has subido, la lógica te impide estar del todo seguro de que seas capaz; aun así, avanzas convenciéndote de que sí puedes, con estoicismo, porque es la única forma de lograrlo. Creo que este concepto puede aplicarse a la vida diaria con buenos resultados.
Pasaron horas y horas hasta que finalmente nos pusimos los crampones: se había terminado la comodidad del terreno seco y comenzaban los distintos riesgos de la pendiente nevada. Éste fue sin duda el tramo más arduo y difícil de todo el ascenso. La nieve estaba dura, algo cristalizada, y la rampa de hielo cada vez se inclinaba más. Me dolían los talones al encajar las púas metálicas una y otra vez. Comencé a subir en automático, sin pensar más que en los movimientos sistemáticos necesarios para llevarme arriba; olvidé el pasado, las aspiraciones para el futuro y me concentré completamente en el presente. Escuchaba los gritos de algunos compañeros atrás que nos brindaban apoyo moral en este último tramo hacia la cumbre tan deseada. Estaba demasiado escaso de aire como para responder, y demasiado concentrado para hacer señas, pero el hecho de seguir subiendo, de no rendirse y continuar la lucha con toda la tenacidad supongo que era suficiente señal de que los escuchaba.
Recuerdo haberme puesto como meta llegar a una roca específica, un inmenso farallón que pudimos ver desde que amaneció. Poco a poco esta prominencia de roca volcánica aumentaba su tamaño mientras yo me aproximaba, señal de que rendía frutos el esfuerzo. Ver cada vez con más claridad los contornos de la roca era una agradable motivación. Además, según los rumores, una vez habiendo llegado ahí, la cumbre debía encontrarse a menos de veinte minutos.
Por fin llegué a la piedra y comencé a rodearla, y la nieve que formaba pequeñas olas talladas por el viento no dejaba de chillar cuando mi piolet despiadado se encajaba para impulsarme hacia arriba. Escuchaba las conversaciones de quienes ya se erguían victoriosos algunos metros arriba como susurros lejanos y entrecortados por el viento.  Tenía que lograrlo, ya estaba tan cerca...
Entonces se abrió ante mí el magnífico anfiteatro de roca y hielo que es el cráter del Citlaltepetl. Es difícil describirlo; estoy seguro de que ni siquiera la mejor de las reseñas lograría construir en la mente del lector una imagen clara (es por eso que recurrimos a la fotografía...). Hay que estar ahí para percibir realmente la esencia de uno de los lugares más alucinantes de la Tierra. En los amaneceres claros se disciernen las aguas del Golfo como un manchón azul en el horizonte y se recortan por sobre las nubes las siluetas del Popo, del Izta y de todas las demás montañas del Eje Volcánico y la Sierra Madre Oriental que se encuentren en un radio de trescientos kilómetros.
El cráter tiene un diámetro de casi medio kilómetro y, según lo que me dijo un veterano ascensionista del Pico de Orizaba, sus paredes verticales descienden más de cuatrocientos metros hacia el corazón de la montaña. Sus muros, esculpidos por el magma a través de los milenios, forman siluetas caprichosas y riesgosos escarpados de piedra cubierta de hielo.
Estuvimos allí, extasiados, más de media hora que se esfumó como si tan sólo hubieran sido un par de segundos. Nos felicitamos, reímos, echamos porras a quienes aún luchaban en el último tramo, sacamos incontables “fotos de cumbre” con los distintos banderines en alto... En fin, disfrutando al máximo el logro que tan difícil había sido concretar.
Bajamos del volcán con todo el cuidado posible, conscientes de que el noventa por ciento de los accidentes ocurren durante el descenso. Después de largas horas llegamos al refugio, alcanzamos por fin el Valle del Encuentro y nuestro campamento, más tarde Ciudad Serdán y finalmente la Colonia Roma, desde donde cada quien se dirigiría a su respectiva morada, todos satisfechos por haberlo dado todo, una vez más, en la montaña.

Por fortuna todos regresamos sanos y salvos y, ojalá, con una visión diferente del mundo en que nos ha tocado vivir.
Quisiera agradecer a toda la valiosa gente que fue responsable de la organización del evento, y, sobre todo, a aquéllos que poseen una mayor experiencia en la montaña y que con gusto y responsabilidad deportiva la comparten y la transmiten a los que tenemos menos conocimientos y llevamos menos tiempo en este deporte tan adictivo.


EL CLUB ALPINO MEXICANO CELEBRÓ LA EDICIÓN XXX DE LA CONVIVENCIA ALPINA “JOSE MARIA MORELOS Y PAVÓN” 

- Con ascensos al Pico de Orizaba y al Sierra Negra, el CAM cumple tres décadas impulsando el deporte.

- José Ma. “Chema” Aguayo anuncia reestructuración de la Convivencia “Jose Ma. Morelos, con invitación a otras organizaciones y autoridades. 

Por Saúl Santana Hernández.

Cincuenta y un alpinistas en la cumbre del Pico de Orizaba, 92 en el Sierra Negra y un saldo blanco resultaron de la edición XXX de la Convivencia alpina “José María Morelos y Pavón“, organizada por el Club Alpino Mexicano (CAM), misma que cumplió once años realizándose en esta área, de Puebla, después de que se cerrara el Popocatepetl.

Los contingentes, como cada año, iniciaron su ascenso desde el Valle del encuentro, ubicado en la cota de los 4mil 100 metros s.n.m., la cordada del Pico de Orizaba fue encabezado por David Liaño, Heriberto Martínez y Salvador Delgadillo, en tanto el grupo que logró Sierra Negra fue dirigido por Alfredo “Yeyo” Rivera y Karina Hernández. Quienes encarnaron tres décadas de esfuerzos en los que se confunde el esfuerzo por ascender montañas con el de la organización. A veces no se sabe cual pendiente presenta más resistencia.

Como cada año los desmañanados contingentes, la “ola verde”, del CAM y clubes invitados arribaron a la siempre cordial Ciudad Serdán, aun terca y afortunadamente llamada por su toponimia de Chalchicomula. Escaladores, habitantes y curiosos convirtieron las escaleras de catedral en gradas e inició la ceremonia cívico-deportiva.

La banda escolar, de verde también, ambientó con sonidos de vientos metal y percusiones, el presidente municipal, Antonio Zacaula Martinez testificó el pliegue de bandera, la escolta marchó al ritmo de viento metal y después entre todos cantaron los himnos, nacional y el de Puebla. A tono los estudiantes de banda y escolta, uno que otro desentonado, pero sin faltar entre el auditorio los que sólo movieron los labios por que no se saben más que el coro y si acaso la primera estrofa. Se cumplió el homenaje en el zócalo de Chalchicomula de Sesma.

Después el rosario de intervenciones oficiales, el edil Zacaula Martinez, reconoció admirar a “quienes arriesgan la vida para conocer el estar vivos”. Y reiteró su apoyo al deporte en general y al CAM en particular, insistiendo en que Ciudad Serdán es la sede y quiere seguir siendo la sede de la Convivencia Alpina Internacional, desde luego arrancó los aplausos de quienes después empuñarían piolet y bastones.

Por su parte la responsable de fomento turístico Edith Islas, asumió en los escaladores y visitantes una anual e importante derrama económica al municipio. Poco más tarde comenzaría el ritual de las últimas compras: Agua, dulces, pan, cerillos, “lo que se ofrezca”.

En su oportunidad el Presidente del CAM José María “Chema” Aguayo , desde su carácter de pionero de la organización recapituló tres décadas de convivencias, menciona el origen allá en el “Popo” en los tiempos del último de los presidente revolucionarios, José López Portillo, Por cierto nunca me ha contestado si el nombre José María de Aguayo es coincidencia con José María Morelos o fue una estrategia que ubicaba el corazón y la mente del entonces presidente quien, como se recordará, tenía como modelo a seguir al caudillo del paliacate. Como sea los aplausos reconocieron el trabajo de José María, quien anunció una restructuración del evento que incluye invitación a otros círculos del montañismo nacional. El mismo Chema Aguayo reconoció el papel que desempeño el expresidente municipal de Ciudad Serdán, Roberto Bautista, pues hace más de una década tuvo el gesto de dar la bienvenida a la Convivencia.

Al rememorar logros de ascensiones nacionales y mundiales, leyó la lista de clubes invitados (VER ANEXO) y al contrario del gobierno de Tlaxcala, “Chema” Aguayo reconoció la presencia y la hazaña de Benjamín Salazar, quien en mayo pasado conquistó el Everest en tiempo record, despertando la admiración de la comunidad deportiva internacional, pero fue desplazado del premio estatal del deporte, por que la autoridad considera que el box es lo único importante. El box no es malo, lo negativo radica en que se pudo haber ampliado el premio como sucede en la versión federal pero no se hizo por que no se trata de un deporte de masas y por lo tanto no es un deporte que atraiga votos, en fin. Benjamín, quien por su aspecto era confundido por Sherpa, sólo sonrió y acarició el collar que ha realizado a lo largo de años con piedrecillas de los lugares que ha visitado y que incluye una flecha de obsidiana que como el mismo cuenta “sacó el tractor”.

Desde el presidium sonríe Hilario Aguilar quien es el presidente del CAM de Serdán, igual que su rostro, Chalchicomula refleja esa mezcla de clima frío con gente cálida, Hilario no sabe quedarse quieto y cuando lo logra vigila con la mirada la organización, mientras los del club Fandelli, organizan una bolsas con presentes, las entregan como adelantando los aguinaldos de las posadas. Además, por ser la versión XXX de la convivencia se reparte un botón conmemorativo con sabor de medalla.

Termino la ceremonia, inició el abordaje de ”las camionetas”, camiones de redilas que nos permiten vivir un “reality show” como si fuéramos migrantes de la frontera norte, zarandeo y polvo incluido, parte de la aventura y entre redilas el inicio de nuevas amistades. Llegada al campamento base y cada quien a buscar un terrenito para su tienda de campaña, cocineta y equipo. Siempre hay lugar para uno más. Armar las comilonas, desde sándwiches paseados, con sabor de esposa, madre o vaya usted qué tienda de abarrotes, hasta comida liofilizada, “desa” de astronautas del Everest, al calor y sonido de fogones de gas. Las fogatas están prohibidas por que dañan el ambiente.

Inicia el registro de escaladores los que saldrán al Pico y al Sierra Negra, en cuya cumbre esta el satélite UNAM. El trámite despierta algunos recelos, los que insisten en subir sin el equipo adecuado pero es la diplomacia innata de Salvador Delgadillo, Jefe técnico del CAM, la que concilia “no somos nadie para impedir que suban, sólo recomendamos el uso del equipo, subirá quien quiera subir, sólo firmarán una responsiva…” sólo entonces los aferrados mal equipados lo piensan, pase lo que pase ya no habrá culpables, sólo responsables y pues como no es, lo mismo que lo mesmo…pues se calmaron.

 

Arranca la ceremonia con fiesta con toldo de estrellas y un sistema de iluminación de lámparas frontales modelo escalador intrépido. Con la noche Salvador encabezó la ceremonia de entrega de banderas, club por club, pero con un recordatorio a quienes no regresaron las banderas el año pasado… recordar el significado de la convivencia. El minuto de silencio por los idos en el último año, al final corregido y aumentado aplauso imitador del sonido de lluvia y las mismas lámparas apuntando a …¿a dónde más…? Pues al cielo, a la última cumbre. Por cierto algunos desvelados presenciaron la lluvia de estrellas fugaces: Las Leónidas.

Toque de queda. En el interior de las tiendas, el “silencio de los ronquidos”, la meditación el temor adormilado, para despertar en precaución que se acumula durante el ritual de preparar el equipo.

00.00 Horas.- Despiertan y se despabilan, no es lo mismo, los que intentan seducir el Pico de Orizaba, seis horas después los tercos enamorados del Sierra Negra, los sonidos de mosquetones y piolets, como cencerros marcan el camino del amanecer, respirar, despedirse del frio, saludar al viento y sol, como sea concentrarse, cada quien su ruta, cada quien su cumbre cada quien su concentración, recordar las enseñanzas de la escuela del CAM: “La seguridad de todos inicia en la seguridad de cada uno”. El tiempo comienza a escalar. .Ascender: paso-latido-mano con piolet adelante…paso-latido-paso-latido-suspiro-contemplación…

9.15 Horas.- Se logra la cumbre en el Sierra Negra, Surgen dudas ¿dónde será la ceremonia del Sierra Negra?, ¿En el llano de cumbre o en el interior del observatorio?, la respuesta de uno de los de la Cruz Roja es tajante y por el radio se escucha “es arriba”… mientras que en Pico de Orizaba… pasan unos minutos de viento y panorama, el frio irrumpe las ropas, te recuerda que tienes piel y huesos, exactamente a esta hora lo que era una mañana tranquila se inquieta con el viento del sur-oeste, los radios indican que se instalan las cuerdas fijas en el último tramo del Pico, la tensión semeja esas cuerdas, la emoción y la concentración se sujetan de ellas y al fin…

09.25 Cumbre en el Pico, en medio de “una laguna” de viento, la espera es pronta y a las 10 exactas comienzan las ceremonias, el himno nacional se entona con el permiso del viento, mientras en el campamento base Alejandro coordina toda eventualidad. Comienza el descenso de grupos, en el Pico de Orizaba, se usan las cuerdas fijas para mejorar la seguridad, en el Sierra Negra, Karina trata de mantener los contingentes compactos, la rebasan los egos y por el ansia de llegar a base algunos se van por el arenal, les corrigen el rumbo … durante minutos silencio en las radios…nadie habla, esperando escuchar sólo lo que es oportuno, en el Pico de Orizaba no hay ni tiempo ni espacio para esas burradas… sigue el silencio en el Sierra Negra… no es que no pase nada, es que en ambas montañas cada quien está concentrado en besar el suelo con los crampones o el grabado de las botas, en pedirle a los colosos el permiso para bajar con bien… silencio en las radios … y de pronto el radio irrumpe con una voz no autorizada, es Eder Meneses, anuncia que descubrió otras dos personas intentando escalar, ya tarde, por el arenal, los alcanza, entre jadeos y esa vos de ingeniero civil calculando la densidad del concreto mezclado con la sonrisa de funcionario de la ONU, les sugiere que ya es tarde para subir, los convence, e inician el regreso, en el camino se interceptan con dos brigadistas del Socorro Alpino, quienes ayudan con “un dulce psicológico”. La Guía, Karina, los intercepta, con una mirada por demás femenina verifica, recupera el control, el silencio hertziano regresa, todos se dedican a la parte más peligrosa del montañismo: el descenso.

Todos regresan, arrastrando el piolet o el bastón o la suela orgullosa, ansiando agua, un bocado dulce, salado o como sea… lo abrazos, en casos los besos, ese picorete de cumbre, ya qué… Finalmente el la ceremonia de clausura, checar la lista: saldo blanco. La sonrisa de “Yeyo” y Karina refleja satisfacción. Ante la llegada de la lluvia el regreso a casa,, desmontar la feria de colores de las tiendas de campaña y a ratos una, dos, las miradas que sean necesarias hacia las montañas, esperando la versión XXXI de la Convivencia.. Ya veremos.

 

EDITORIAL.
“Al fin que cada año regresan…”


La seguridad es la prioridad de la Convivencia Alpina Internacional, sin embargo la calidad del transporte usado al regreso del campamento a Ciudad Serdán, se ha demeritado tanto que pone en riesgo la vida de los escaladores.

Insistimos, la seguridad ha sido la prioridad desde hace treinta años, se refleja en que se seleccionó octubre-noviembre por que predomina el tiempo despejado, se nota en la determinación de la ruta, en la revisión del equipo, hasta en el fijar cuerdas fijas hacia la cumbre, pero a fuerza de ser un deporte de ascenso, hemos descuidado el descenso, no en bajar de la cumbre.

No, hemos descuidado el descenso del campamento base hacia Ciudad Serdán, cada año las llamadas camionetas, en realidad camiones de redilas descuidan al pasaje reduciéndolo a ganado, por ejemplo tardan hasta 40 minutos en salir del campamento a Ciudad Serdán, a pesar de estar llenas con personas y equipo; cada año se reportan camionetas que apenas y tienen frenos o que se descomponen en el camino, en si que no importa el mantenimiento, sino el negocio. Además ya es costumbre de los conductores realizar la que llamamos “la visita de las 7 casas”, los conductores hacen escala en casas de familiares o amigos, dejando al pasaje en la plataforma. Además ese regreso lo ejecutan conductores distintos a quienes realizan la ruta Ciudad Serdán-Campamento, como que se subarrenda el servicio

.Pero qué podría importar si nos gusta el peligro o como mencionó uno de los conductores de los camiones descompuestos en este 2007 “…al fin que cada año regresan…”



CRÓNICA XXVII CONVIVENCIA ALPINA

CAM CONVIVENECIA / SAUL SANTANA HERNÁNDEZ /

80 Alpinistas en la cumbre del Pico de Orizaba (5, 747 m.), además cerca de 100 en la cima de la Sierra Negra (4.600 m.) y un saldo blanco fueron los logros de la XXVII Convivencia Alpina “José María Morelos y Pavón”, organizada por el Club Alpino Mexicano.

Por octava ocasión Ciudad Serdán, antes Chalchicomula, fue sede. Camiones y mochilas con ascensionistas, coincidieron con el desfile deportivo del 20 de noviembre. La duda asaltó ¿nos integramos...? después de todo nos reciben cada año y ya somos parte de las fuerzas vivas y deportivas de esta hospitalaria ciudad.

No. Nos llevaron a la plaza de Serdán a la ceremonia anual alpina, con la escolta verde del CAM, banderas, himno nacional bien cantado, no como en los estadios de fútbol o box. En el CAM somos desentonados pero respetuosos.

La secretaria de turismo municipal, María Elena Hernández, dio la bienvenida a nombre del presidente municipal Ricardo Ramón Juárez Luna, quien cumplió el deber de presenciar el desfile deportivo de sus gobernados.

La funcionaria leyó un discurso rasando en la poesía. Impacto tanto la profundidad del mensaje que los escaladores del CAM y de otros grupos corrieron a pedirle una poética copia, como si de veras la fueran a enmarcar. Para ser sinceros la licenciada leyó desde su esbelta y morena belleza.

Por parte del CAM Salvador Delgadillo dio la bienvenida. A el no le pidieron copia de lo que dijo... pero, nos grabamos el mensaje de “...“la verdadera cumbre es regresar..”..

El delegado del CAM en Serdán, Hilario Aguilar, además de Gloria y Edith Islas, se sumaron a los buenos deseos y dieron el banderazo.

¡Arriba, a los camiones¡, al ritual anual de la polvorosa... pero... ¡oh¡ sorpresa el polvo ya dura 15 kilómetros menos, llegamos menos pambazos que otras convivencias, y nos acordamos bien del preciso municipal.

Clubes a pasto, Xalli que Huac, Kahan, Dínamos Contreras, OGT, Colgate Palmolive, Telefonistas, Anaya´s, Holcim Apasco, Monjes Guerreros, Tecnoformas, Alaska 227, Tijuana, Laboratorios Eli Lillly, PEMEX, Pentathlón Sierra madre Citlalmecatl, Escuela CAM, Saltamontes de Ciudad Serdán, Bomberos de Atizapán, Tlalnepantla y D.F, Socorro Alpino de México de Tlalchichuca, Cruz Ambar, más una horda de escaladores independientes de Puebla, Sonora, Veracruz, Hidalgo, Michoacán, Guanajuato, Italia, EUA, República Checa y anexas.

A la vista del Pico las leyendas. Se llama Citlaltepetl. Cerro de la Estrella o Chauchutepec, Lugar de Jade. Dicen que hasta allá llevaron al Rey Nezahualcoyotl, enfermo de locura y se recuperó al probar las nieves. Nosotros ni con la de limón nos curamos. El nombre del cerro de la estrella le surge de que Quetzalcoatl, lo escogió para observatorio.

Ya en el campamento de la amistad, las casas de campaña parecían un arcoiris de colores y presupuesto, desde las de “interés social” hasta las que han pisado el Himalaya. En torno a ellas la comida en común, las cocinetas y ver rostros ya conocidos, el Doctor Moragrega, el más despierto de los anestesiólogos, o Eder el más ecológico de los ingenieros civiles.

Anocheció... La ceremonia de la amistad con un frío leve, las bromas, los cantos y extrañar al amigo y maestro, a Chema Aguayo. Las bromas... el siempre sonriente Artemio, llegó a la fogata a aplicar la ley ...

- “ la montaña y el sexo no se llevan” dijo

Y se la aplicó Lupita Segura al contestarle.

- “tu que sabes de ochomiles...”

Más risas y bromas, al calor y luz de la fogata,..nunca he sabido por que la fogata de los conductores de las camionetas si prende y las demás no. Malvaviscos, salchichas, risas... a las 8 el toque de queda...a dormir, con la altitud como almohada

El Ascenso.

Cantó la media noche su concierto de crampones y piolets alistándose, el frío leve, una luna generosa permitió tomar la vereda sin lámparas... A las 03.00 de la mañana la luna se guardó en el horizonte y dio paso a las estrellas, peculiares para los capitalinos, hasta Orión parecía sentirse del CAM, por que cada año esta en la convivencia.

A las 5 de la mañana otro concierto, los que van a la Sierra Negra, de nuevo ruidos, carraspeos. En cada pendiente de cada montaña, las cordadas, pero cada uno sumido en su esfuerzo, en sus jadeos. Tratar de ganarse la cumbre con el sudor de la pantorrilla.

En la Sierra Negra los que llegaron siguieron el ritual anual de asombrarse con el telescopio. El viento leve, el sol intenso. En la cima del Citlaltepetl, más frío más viento. Poca nieve mucho horizonte, los crampones fueron de paseo, pero los piolets y los bastones trabajaron horas y raspones extras, rachas de aire. Las mochilas pesan cada vez más, la concentración se enreda igual que la cinta al piolet, pero al final encuentra su apoyo en la arena. El cansancio mezclado con gusto.

Pasada media mañana Delgadillo toma una decisión difícil pero oportuna, valiente... los carámbanos de hielo, de más de 30 centímetros como crestas en la pendiente y el aumento del viento, le revelan el peligro. “...El que llegó, llegó...” y suspendió el ascenso. Afortunadamente nadie se puso necio, y si los hubo , la creciente caída de piedras los convenció, junto al liderazgo de Delgadillo.

Saldo Blanco

El Saldo: Blanco. Las alegrías, anécdotas de ascenso y promesas para el 2005, como la del indomable “Fer”, sometido a su tienda de campaña, por una uña enterrada. Eso si, lo ascendieron a coordinador del Campamento Base 2004 y él se dio el lujo de andar como japonés en el zócalo: de short y gorrita de ala redonda.

El regreso, los abrazos, la búsqueda ansiosa de algo caliente, de algún líquido, la sombra de la tienda, desatarse las botas, con dedos torpes, el colchón horizontal, tratar de respirar sin jadear. Más amigos, Alfredo, electricista, y su corpulencia de plantígrado abatido por una diarrea que le acompaño la noche...eso si siempre curioso y de buen humor. Andrés Santillán de los pocos que entienden la diferencia entre terco y tenaz.

Descendieron, todos. En el campamento de la amistad, la ceremonia, silencio sin necesidad de marcar el minuto reglamentario al ver la placa en honor de Alejandro Castañeda Torres, caído por la pendiente el 17 de noviembre de 2002. Recuerdos.

En la misma ceremonia, el presidente municipal, Juárez Luna, anunció el proyecto Xipe, un albergue ecoturístico que deberá ser entregado el año entrante y se siguió como en informe de gobierno, “...15 kilómetros de carretera, mención del apoyo del “gober” Melquíades y del “secre” de turismo Ochoa Pineda y Víctor Guzmán.

Un escalador espontáneo felicitó el proyecto pero advirtió de los riesgos de la basura, más que recogerla pidió no tirarla... se ganó el aplauso... y después el regreso de banderines. La mención al guía y maestro Chema Aguayo, quien no asistió por motivos de salud. A la distancia se ganó deseos de recuperación y hasta una porra. Más en serio que en broma alguno gritó ”...que le pongan el nombre de Chema Aguayo a una calle de Serdán, la 2 sur por ejemplo”. A ver si así no nos perdemos.

Al final, en medio de un clima excepcional, una mirada extra a las cumbres, un adiós al viento, y nosotros a emprender el retorno ese , que curiosamente, es el que nos permite soñar con regresar.

Por Saúl Santana Hernández

P.D. De regreso el camión que me tocó se descompuso, sus compañeros de escuadrón lo pasaron de largo... más por ventura que por mecánica el conductor le atinó a la falla y nos llevo con motor hasta la última loma antes de Serdán, desde ahí como carrito de ruedas en bajadita hasta el centro ... las campanas de una iglesia de muros amarillos, tocaron como dándonos la bienvenida... encendió la máquina... pero ¡cuaz ¡ fallo exactamente al legar al bus,,,

Ya en la carretera, sin comer, por el retrazo de la falla mecánica, las obras a la altura de Llano Grande implicaron dos horas más de tráfico, que si no ha sido por que el conductor nos pone dos veces, dos, un casette de José Alfredo Jiménez , hubiese sido más tedioso.

Un regreso entre canciones muy alpinas, “El Rey”, “Perro Negro”, “Estas que te vas...” y la más chida de todas “Al pie de la montaña”. Todas de a dos por uno.


CRÓNICA DE LA XXV-CONVIVENCIA ALPINA JOSÉ MARIA MORELOS Y PAVÓN

Por Saúl Santana Hernández

La Convivencia Alpina, José María Morelos Y Pavón cumplió un cuarto de siglo. Esta ocasión y como desde hace 5 años. Se celebró en el Valle del encuentro (4,100 msnm), entre el Pico de Orizaba de 5,747 (msnm) y el volcán de la Sierra Negra Tliltepetl (4,600 msnm). Una celebración mezcla de contento deportivo y tristeza por la pérdida de Alejandro Castañeda Torres, quien falleció durante el descenso de la cumbre del Citlaltepetl.

Con la cordialidad de un lustro, el sábado llegaron más de 500 alpinistas a Ciudad Serdán, Puebla, puerto de partida hacia la montaña más alta de México. Con la tradicional cordialidad local, autoridades deportivas, estatales y municipales dieron la bienvenida. El Edil Ricardo Ramón Juárez Luna, destacó la importancia del turismo alpino para la zona del Pico de Orizaba y de paso hasta dio un informe de gobierno: Trabajos para mantenimiento del Parque Nacional, la Construcción del telescopio Milimétrico más grande del mundo precisamente en la Cumbre de la Montaña de La sierra negra o “La Negra” como le dicen los oriundos de Serdán. Y la carretera que permitirá el acceso a ese lugar sede la ciencia mundial en 2004.

El Presidente del Club Alpino Mexicano, José María Aguayo Estrada, enfundado en el “pants” oficial del CAM, agradeció presencias, y recordó las reglas de seguridad del que sabemos es un deporte extremo, “... den su mejor esfuerzo pero no más del necesario… la cumbre es el regreso”, sentenció, como cada año o cada ascenso. Agradeció la presencia de 29 clubes alpinos de todo el país, así como a un gran número de alpinistas independientes.

Recordó la situación que ya se ha prolongado durante 7 años, la clausura del Popocatepétl, donde antes del año 2004 se celebrara la Convivencia Alpina. Entre corillos todos los alpinistas recordamos que cada vez que se cae la bolsa de valores sube la lava del Popocatepetl, o cada vez que se esfuma la economía nacional, suben las fumarolas amenazantes del gigante. ¿Casualidad, de la economía o de la geología? Solo para recordar el “Popo”, estalló aquel amargo día del error de diciembre

En Ciudad Serdán, el viento también dio la bienvenida pero, curioso, al arribar los contingentes, el viento helado se calmó como en actitud cordial, saludando a los visitantes. Como todos Alejandro Castañeda, en el tropel de los amigos se dio tiempo de aplaudir en la ceremonia. Terminaba de hablar Chema Aguayo, cuando tocaron las campanas de la Iglesia de Ciudad Serdán pero no por él o para él. No, al mismo tiempo una boda terminaba y el tañir junto con el arroz bañaba a la pareja. No faltó quien comentara que en vez de escalar el Citlaltepetl o la Sierra Negra, nos fuéramos al mole, la tentación fue grande pero la seducción de la montaña fue mayor y en ese trajín nos sumergimos. Trajín siempre acompañado de la emoción silenciosa de saber que nos gusta un deporte de alto riesgo y “harto” frío.

Tras dos horas de sangoloteo polvoso en camionetas de redilas, llegamos al Campamento Base., en el Valle del Encuentro. Del verde y café terroso, paso al manchado de multicolor de tiendas de campaña, Lunares de verde, azul, amarillos, “veme desde lejos” de las tiendas de campaña que se ubicaron en ese sitio. Y los rituales. Por una clásica casualidad de este deporte, intercambiar cocinetas y alimentos. Ahí en la cena conocí a Alejandro, de buen humor, se prestó a las bromas del crepúsculo. En una mesa común la plática de siempre: el equipo, la seguridad, asumir en silencio y risas los riesgos, el frío, la nueva amistad, con Alex y sus cuates, desde entonces mis cuates,

Alejandro Castañeda Torres. Alumno de la Escuela del CAM mostró orgulloso sus últimas adquisiciones, junto a él su “compa” Gabriel los tres, (hasta yo), de Ciudad Nezahualcoyotl. En la misma cena Andrea y su belleza Morena, Marcial, de sorprendente agilidad a pesar de su aspecto

algo gordo. Sergio o “Sergei”. Compartimos por única vez una cena alpina. En otros tiendas la misma convivencia. Con la noche helada, la ceremonia, los cantos las rifas, Marcial se sacó el premio más codiciado: un piolet”, gritó de alegría, no lo creía. Jamás se había sacado nada en una rifa, mencionó a través del pasamontañas azul pitufo mentol. Alejandro compartió la emoción.

En fin la fiesta...a cero grados centígrados... las chamarras apenas protegían.. risas entre el déficit del oxígeno atmosférico, pero al fin fiesta. A las 9 de la noche todos a dormir, o dormitar, meditar acaso algunos, soñar en las montañas, mientras se está en el valle, para después soñar en el valle mientras se está en las montañas. La noche fría, con viento. La madrugada helada, menos 5 grados bajo cero.

Una de la mañana, menos 6 grados bajo cero sale la cordada hacía al Citaltepetl, entre ellos Alex, guiados por lámparas frontales. A las 6 de la mañana, a 5 menos cero centígrados, los destinados a la Sierra negra, más ligeros de equipo, sin lámparas, pues ya amanece con tono anaranjadizo. Aunque en grupo, sabemos, aprendimos desde las primeras caminatas que de algún modo cada quien sube su montaña

Un mar de nubes sobre el mar de agua, anuncia el oriente, un fuerte viento del norte nos frena, a veces hace tambalear, En cada pendiente del Citlatepetl o Sierra negra, los árboles se van quedando abajo, después los peñascales, después los pedreros, al final las subidas nevadas, bañadas de viento. Cada grupo asciende, cada quien su reto. Nada de “vencer” la montaña, acaso te vences a ti mismo, nada de “vencer” al frío, acaso lo detienes, tratas de aplicar la técnica tibetana para el frío “El Tumo”, y nada no más me entumo. Nada de vencer la naturaleza, ella ahí sigue acaso dañada, invadida, acaso con tu respeto..

Al filo de la 9 de la mañana cada cordada logra cumbre y por radio de comunicaciones en cada cumbre se realizó la ceremonia anual, la ceremonia de la convivencia. Todo es alegría entre los que llegamos a la cima, entre vientos y la lejana vista de los colosos del Valle de México el “Izta” y el “Popo”. Para los que no llegaron, el punto donde llegaron esa es la cumbre. Ahora entre euforias, rezos, llantos y fotos el éxtasis. En la cima del Citlaltepetl, Alex, alza las manos con el piolet, de gusto.

Saludos, saborear una cumbre antes de acabar el año, reconocer el esfuerzo del CAM, del maestro Chema Aguayo. En la Sierra Negra un atractivo extra la construcción del observatorio milimétrico con el domo más grande del mundo, las estructuras para el plato que medirá 90 metros, el laboratorio subterráneo y a un lado una zona arqueológica rescatada al progreso. Después guardar el esfuerzo para el regreso

Iniciamos el descenso. El fuerte viento que nos acompaño desde la madrugada se freno, de repente un silencio, extraño silencio apenas violado por el raspar de suelas contra arena o crampones contra nieve. Silencio como si el tiempo se hubiera detenido. ... Un segundo después los radios transmisores anunciaban entre vientos ya renovados y estática electrónica “un accidentado... un accidentado..”. Ruidos “cambios”, “cambio campamento, cambio cordada Citlatepetl, cambio...” Confusión. Dolor. Todos aceleramos el descenso.. ya nada era posible Alejandro, aquel de la cena de nuevos amigos con, con el que escalamos, se había resbalado, siguió la pendiente, encontró el vacío...

Ya nada fue igual, en El Citlatepétl, el rescate, el tratar de hacer algo en la Sierra Negra. Nos reunimos en el Valle del Encuentro. Chema, serio, triste, pero sin perder piso o tierra, coordina. consuela, llama. Coordina. Un helicóptero “Bell” del Gobierno de Puebla, intenta aterrizar pero el tenue aire de esas altitudes lo impide. El desamparo de todos, hace olvidar el viento, el frío, pero no la tristeza. En las pendientes del volcán el equipo de escaladores transformado en equipo de rescate coordinados por el más de una vez heroico Yeyo, han logrado sacar el cuerpo de la

hondonada, logran llevarlo a una terraza a donde se pueda acercar la nave. Otro helicóptero “Haluette”, también del Gobierno de Puebla y piloteado por el CPA. Salvador Flores, Lo intenta de nuevo, no trae puertas ni asientos. Vuela y regresa con una camilla colgada, una camilla con Alex, aterriza, Los compañeros de cortejo distinguimos la nieve y tierra entre sus botas y polainas rojas. Lloramos.

El Helicóptero reemprende el vuelo, sube muy por encima del volcán, más allá de 6 mil metros snm, para rescatar a un herido. El plan es descender hacia la terraza, en vez de subir hacia ella. Golpean las aspas, el aire y desciende con el herido colgando del cable. Varios comentamos la pericia del Piloto Salvador Flores. Iniciamos los rituales de despedida de Alejandro Castañeda, Torres. Llantos, rezos, despedida. Recordar. En el Valle del Encuentro, esperar, esperar a que, por favor, desciendan los que faltan, que desciendan bien, que no se distraigan. Que no se abatan.

Ya nadie habla del viento, mientras se recogen los campamentos. Se alista el cuerpo de Alex. Con el crepúsculo, regresan los amigos, pero también el viento, aironazo, nos recuerda su mando. Regresamos a Ciudad Serdán, regresamos silenciosos, regresamos, sí regresamos, mientras contemplamos al Citlaltepetl y la Sierra Negra, sin saber que sentir. Sin Alex nosotros cambiamos, ellas siguen siendo montañas.